viernes, julio 17, 2015
martes, julio 14, 2015
Dulces olas de verano. Hace ya casi veinte años (veinte) cruzábamos la frontera y conducíamos durante horas por la carretera interminable de la costa, la carretera de las tiendas de artesanía, las viejas con pañuelo y los motocarros, porque entonces éramos incapaces de ver las higueras, las casas encaladas, las terrazas donde asaban el pescado a la brasa. Al llegar al Cabo cambiábamos nuestras monedas por escudos en un estanco, y llamábamos a la puerta de una señora casi siempre viuda que nos dejaba dormir en el cuarto de sus hijos. Recuerdo una habitación con las fotos de un chico vestido de militar, y recuerdo los juguetes y las sábanas de dibujos infantiles, yo un intruso. A la mañana contábamos el dinero para pagar la gasolina y quizá un desayuno, y desde la primera hora, que nunca era demasiado temprano, ya entrábamos en el agua para enfrentar la endeblez de nuestras tablas contra aquellos monstruos oceánicos. Nos parecían gigantescas las olas del verano de entonces cuando en realidad no serían mayores que las que ahora se deslizan en los mismos rompientes, pero teníamos dieciocho, tal vez veinte años, y con esa edad todas las olas eran fabulosas, todas las chicas eran guapas, todas las historias que contaríamos al regresar serían mentira. Dulces olas de verano, aunque ahora sean de mi tamaño y tenga que madrugar de veras para ir en su busca, antes de que se despierten los niños y comience la guerra doméstica; aunque ya no haya cuartos de intrusos ni escudos ni motocarros, dulces.
jueves, junio 18, 2015
En el periódico: “Compañías
financieras y despachos de abogados británicos de élite aplican
exámenes de elitismo en sus selecciones de personal, que impiden el
acceso de profesionales de clase trabajadora a puestos clave,
perpetuando la división social.” El País, lunes.
La cita es el reflejo de
las cosas que cuento desde Nada es crucial hasta Los libros
repentinos: el inmovilismo, el determinismo social. Teoría
de lo evidente, teoría del barrio, los barrios.
En El Establishment, Owen Jones
señala con el dedo y anota: cuántos miembros del parlamento
estudiaron en colegios privados cuyas facturas corresponden con el
patrimonio vital de una familia de clase media; quiero decir con el
dinero que podría manejar una familia a lo largo de toda su vida,
desde el nacimiento hasta la muerte, ese dinero amontonado sobre la
factura de los estudios de su hijo predilecto.
En la radio: escucho una larga
conversación pedagógica acerca de lo beneficioso que resulta enviar
a tus hijos a un campamento de verano. Los que hablan ni siquiera
llegan a pensar que su mundo, ese mundo en el que puedes pagarle a
tu hijo un campamento, es una cápsula de protección y
confort donde sólo habitan los tuyos, a los que correspondes, los de
tu etnia.
En el examen de selectividad de este
año, lunes: todos los estudiantes andaluces de bachillerato, todos,
también los que estudian en colegios del Opus y Brains, aquellos que
pasarán el verano en casa y aquellos que se irán a Irlanda a un
campamento bilingüe, leyeron esto:
EL PRESO: Usted no es proletario.
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño.
EL PRESO: Parece usted un hombre de
luces. Su hablar es como de otros tiempos.
MAX: Yo soy un poeta ciego.
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!
En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto
menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.
La siguiente réplica ya no
aparecía en la fotocopia. Max dice: “Hay que establecer la guillotina
eléctrica en la Puerta del Sol.”
Me estremezco.
De verdad, tiemblo al ver
el examen.
Llevo tres años hablando de esta
profecía de Valle-Inclán.
He utilizado esta frase en todas mis
lecturas, presentaciones, cosas.
Los libros repentinos le debe
más a esta frase que a mi imaginación o a mi ingenio.
Es la frase redonda y perfecta de
Valle, la frase revolucionaria de la hoz y la viñeta, de la comedia
(el uso del adjetivo “eléctrica” contiene toda una teoría
acerca de la comedia y el esperpento) y de lo que no se dice en serio
pero quiere que se entienda en serio. La actitud con la escribo mis
cosas, y que apenas se me entiende.
Las tijeras del que preparaba el examen
se detuvieron justo ahí, dejando la frase fuera del rectángulo.
Mis alumnos estaban entusiasmados, conocían el texto de memoria, lo habíamos deglutido en clase línea
por línea. “¿Cómo sabías que iba a caer, predices el futuro?”
Sólo un poco, les contesto. Apenas hasta el corte de esas tijeras.
miércoles, junio 03, 2015
lunes, junio 01, 2015
En un arrebato de autocompasión que no debo perdonarme, hablé hace un tiempo de la desolación de escribir sin tasa, esperar la llegada del libro, recibirlo, tomarlo y comprobar que no pasa nada. La novela surge y desaparece en un periodo de breve convalecencia. Sostienes la cuerda de un extremo y no sientes ninguna tensión desde el otro, la cuerda cae inerte a tus pies, la novela ha terminado, tanto para esto. Ya sé que es la herida de la vanidad; a ratos, también a mí me ocurre.
Pero de improviso la cuerda comenzó a vibrar durante este fin de semana, se movía como una serpiente, los lectores aparecieron, singulares y entusiastas con sus libros a cuestas, buscando un fetiche o una sonrisa y dos minutos de conversación con un desconocido. Y yo sentí agradecimiento y entusiasmo hacia aquellos lectores que cargaban con una bolsa de libros, la primera edición de Rosas, restos de alas, los cuentos, Lecu, Magui, Marco, Reme y los demás. Porque todo parecía nuevo y distinto, como el verano y la playa sin huella.
Pero de improviso la cuerda comenzó a vibrar durante este fin de semana, se movía como una serpiente, los lectores aparecieron, singulares y entusiastas con sus libros a cuestas, buscando un fetiche o una sonrisa y dos minutos de conversación con un desconocido. Y yo sentí agradecimiento y entusiasmo hacia aquellos lectores que cargaban con una bolsa de libros, la primera edición de Rosas, restos de alas, los cuentos, Lecu, Magui, Marco, Reme y los demás. Porque todo parecía nuevo y distinto, como el verano y la playa sin huella.
viernes, mayo 29, 2015
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Voy anotando en el margen del cuaderno algunas de las cosas que me
ocurrieron en torno al repentinismo de estos libros, ahora que la
trituradora de la mesa de novedades los hizo pedazos, y ya no existen
casi, salvo en la estantería de ciertas islas de lectores-náufragos.
Cosas curiosas como, por ejemplo,
1) que una reseña partidaria describa
a la protagonista como “una vieja ninfómana”; ninfómana es el
cultismo que sustituye a puta, sustantivo que desde el origen de los
tiempos se utiliza como adjetivo matón para trazar un círculo de
tiza alrededor de las mujeres que se atreven a. De una novela se
realizan tantas lecturas como lectores haya, la novela también es
ejem una democracia, pero una lectura que diga “vieja ninfómana”
no puede ser más opuesta a la intención del ejem autor que la compuso,
porque Reme es una mujer castrada, infibulada, y el cuento de Los
libros repentinos es el relato de su castración. Ninfómana,
ninfa, maniática, histérica, puta.
2) que a una
presentación en el sótano de una biblioteca municipal sólo
acuden seis personas, y entre risas me dicen que tuve suerte, que el
año pasado vino el último premio Anagrama y no hubo nadie. Nadie,
cero, el autor con su libro debajo del brazo. En otras presentaciones
todo es distinto y yo hablo mucho, demasiado como siempre ocurre, y
la gente escucha y luego pregunta, y todo parece correcto pero yo
comienzo a pensar si esto sirve de algo, si no resulta que yo finjo
que escribo y otros fingen que leen.
3) que me preguntan mil veces que por
qué la novela es tan desesperanzadora, y yo me resisto igual que
cuando me afean los finales de mis novelas, y digo que no es cierto,
que Reme vive una hermosa redención durante su peripecia, que Los
libros repentinos es una comedia, una comedia igual que lo era
Democracia, que yo no sé escribir en serio porque no
participo del pacto de la ficción, y por eso se me ven los cables y
el trasfondo del escenario como en Dogville, y en las últimas
páginas siempre la emprendo a martillazos con la cuarta pared,
porque mi vocación era el teatro, yo sigo escribiendo obras de
teatro que en el catálogo de las editoriales se imprimen como
novelas, novelas desesperanzadoras, y yo digo que no es cierto.
4) que me preguntaron por próximas
novelas y mi carrera literaria y yo respondí que pensaba que ya
había escrito más páginas de las que me quedaban por escribir,
queriendo decir que la literatura no es mi profesión y que yo pasaba
por aquí escribiendo como un diablo, sí, con el alma puesta en
esto, sí, pero saboreando el glorioso poema de Gil de Biedma, De
vita beata, y ocurre que cuando lo digo suena a chulería y me
ponen caras extrañas, como si fuera un petulante, también caras de
conmiseración, e incluso hay quien me anima a seguir escribiendo,
como si fuera una flaqueza del corredor de fondo, y esa metáfora
deportiva de la carrera literaria me hace rabiar, aprieto los
dientes, pienso en los niños, en la playa y en las cosas nobles y
sin proceso de destilería que se alejan de la literatura.
5) que me preguntan con fiereza que por
qué lo social y por qué lo ideológico, incluso aquí abajo en un
comentario inquieren eso, ya me llegó el dardo con Democracia,
me dijeron tú que escribes tan bonito cómo te metes con un asunto
tan feo como la economía y crisis, ya son ganas de echarlo todo a
perder, me dijeron, y además es oportunista, me dijeron muchas
veces, y ahora con Los libros repentinos más o menos lo
mismo, que por qué el barrio y el lumpen, que si soy un ingenuo que
aún creo en el compromiso literario, en el intelectual engagée,
y yo respondo a zarpazos diciendo que no existe la literatura
no-social como no existen novelas automatizadas ni robotizadas, que
cualquier novela sostiene un discurso de conformismo o de resistencia
social, todas las novelas prefiguran una lista de enemigos, yo hablé
de los kikos en Nada es crucial,
en las últimas veinte páginas el texto se cruza con una entrevista
a Kiko Argüello, el Sr. Alto y Locuaz, y
ahora hablo del folk cristiano y cofrade, de la impostura, de la
nueva evangelización que comenzó en el 39 y aún perdura en
Andalucía, una evangelización que se desarrolla en dos frentes, el
de las escuelas concertadas y el de las fiestas, procesiones y
romerías, y Los libros repentinos va
de esa miseria y de otras muchas cosas que también son ideología, o
al menos son ideas, y sin la carga ideológica mis novelas serían
nada, no dirían nada, sólo gramática y tropo, y no es eso, no, no
se trata de eso, no puede serlo, la literatura contemplativa no me
sirve, no me mueve de la silla, el mejor poema de Alberto Caeiro es
aquel en el que deja de hablar del luar y del arroyo y cuenta que
"En un medio día de fin de primavera
tuve un sueño como una fotografía.
Vi a Jesucristo descender a la tierra.
Vino por la ladera de un monte
hecho niño de nuevo
a correr y a revolcarse por la hierba
y a arrancar flores para tirarlas luego
y a reírse de modo que lo escuchen desde lejos.
Había huido del cielo..."
tuve un sueño como una fotografía.
Vi a Jesucristo descender a la tierra.
Vino por la ladera de un monte
hecho niño de nuevo
a correr y a revolcarse por la hierba
y a arrancar flores para tirarlas luego
y a reírse de modo que lo escuchen desde lejos.
Había huido del cielo..."
Etcétera.
Este fin de semana estaré en la feria del libro de Madrid, buscando lectores-náufragos.
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