El temporal trajo una tortuga del tamaño de un niño pequeño. Como el albatros del poema, ya sólo era carne y moscas y asombro de quienes pasean por la playa, luminoso domingo, viento noreste. Vendría de dónde. Del Coto, de muy lejos, del refugio de aquel barco que no llegó, la leyenda dice, con su cargamento de arroz guerracivilesco. Las moscas no la habían devorado aún, el cadáver era gris como un frame b/n, el pico la tortuga apuntaba hacia Bonanza. Como los demás, nosotros también nos detenemos, miramos la tortuga, decimos es gigante, pobre tortuga, y continuamos la marcha. Pero al volver, apenas media hora después, vemos que la tortuga ya apunta hacia Montijo, quién, qué manos cogieron el caparazón, espantaron las moscas, lo hicieron girar justo hacia el lado contrario, quién no temía una infección, quién se pringó con los cartílagos, por qué lo hizo, qué curiosidad de enterrador.
Después, en el periódico leo un artículo de Vicent que, si lo hubiera publicado hace dos años, habría hecho que yo mandara al cuerno la novela y la Democracia, porque con tan poco gasto dice lo mismo que yo no sé decir sin inventarme un Marco, una Julia, un Soros, una Martita Flor de Autopista, un joven director general, una terapeuta, una presentadora, unos tristes anarquistas de botellas de Skol, y el resto. Ahora pienso que Marco, probablemente, habría sido uno de los que, al pasar, se arrodillan, se lamentan, dibujan un esbozo en un cuaderno y le dan la vuelta a la tortuga para evitarle, al menos, el sol del mediodía en los ojos ya casi sorbidos.
domingo, octubre 14, 2012
lunes, octubre 08, 2012
sábado, octubre 06, 2012
Cosmopoética 9, Córdoba.
Carmen Garrido cuenta cosas tristísimas sobre la poeta Concha Méndez, a quien apenas logra describir como la mujer/esposa de Altolaguirre para que todos sepamos quién es. Visibilidad y programas curriculares.
Constatación: los haikus de hoy son las misma mierda de siempre. Quiero decir
los haikus
las mismísima mierda
y fraude son
Constatación, me lo decían y lo confirmo en la sala noble de las conferencias: la gente importante no lee, no confesará jamás que lee ninguna cosa, jamás una novela, jamás una novedad literaria, porque la gente importante apenas relee, e incluso eso lo hacen con desprecio. Releer a Borges, a Hesíodo, a Machado, releer como quien pesca una cita para encabezar ese artículo, ese prólogo de la novela que ya nadie te reclama.
Auden citado por Benjamín Prado en Siete maneras de decir manzana: "Nada peor que un mal poema cuya intención era ser grande".
Llamazares: "La poesía es un género de juventud, se escribe pensando que se pueden decir grandes cosas, la verdad a tumba abierta." Es triste, después, ver al hombre adulto fingiéndose joven, con camisetas o chistes, hostigando azafatas de congreso.
Curioso: es muy parecida la manera de que tienen los poetas de hablar de editoriales y la manera que tienen los surfistas de hablar de foam, flex y glaseado.
Panero se me apareció en la mesa. Al verlo pasar como un cometa, alguno se compadece y otros sonríen. Creo que la bondad y la maldad del corazón humano se reparten entre esa compasión y esas sonrisas; pero no sé qué proporción.
Constatación: casi nadie sabe explicar nada porque, al parecer, la poesía proviene de la inspiración de los dioses. Los novelistas deberían afiliarse a las mismas deidades y abandonar la documentación, las entrevistas previas, los esquemas.
En la maleza, cuando alguien lee un poema-fruto todo resplandece. Por ejemplo, Juana de Castro.
Sara Mesa habla de Theo Jansen:
Un poeta argentino se enfada muchísimo y dice que si esto es la poesía española, uf.
Prometo que no soy ese escritor argentino.
El mismo dice:
"Los narradores que no leen poesía son analfabetos."
"Espanta pensar que en la memoria los muertos sobreviven apenas una generación o dos."
Oído en una mesa reivindicativa: "¿Es que no hay mujeres que escriban bien? ¿Ni siquiera hoy?" Y nadie supo si la antóloga afirmaba o negaba alguna cosa mediante esas preguntas retóricas desconcertantes y sexistas.
Carmen Garrido cuenta cosas tristísimas sobre la poeta Concha Méndez, a quien apenas logra describir como la mujer/esposa de Altolaguirre para que todos sepamos quién es. Visibilidad y programas curriculares.
Constatación: los haikus de hoy son las misma mierda de siempre. Quiero decir
los haikus
las mismísima mierda
y fraude son
Constatación, me lo decían y lo confirmo en la sala noble de las conferencias: la gente importante no lee, no confesará jamás que lee ninguna cosa, jamás una novela, jamás una novedad literaria, porque la gente importante apenas relee, e incluso eso lo hacen con desprecio. Releer a Borges, a Hesíodo, a Machado, releer como quien pesca una cita para encabezar ese artículo, ese prólogo de la novela que ya nadie te reclama.
Auden citado por Benjamín Prado en Siete maneras de decir manzana: "Nada peor que un mal poema cuya intención era ser grande".
Llamazares: "La poesía es un género de juventud, se escribe pensando que se pueden decir grandes cosas, la verdad a tumba abierta." Es triste, después, ver al hombre adulto fingiéndose joven, con camisetas o chistes, hostigando azafatas de congreso.
Curioso: es muy parecida la manera de que tienen los poetas de hablar de editoriales y la manera que tienen los surfistas de hablar de foam, flex y glaseado.
Panero se me apareció en la mesa. Al verlo pasar como un cometa, alguno se compadece y otros sonríen. Creo que la bondad y la maldad del corazón humano se reparten entre esa compasión y esas sonrisas; pero no sé qué proporción.
Constatación: casi nadie sabe explicar nada porque, al parecer, la poesía proviene de la inspiración de los dioses. Los novelistas deberían afiliarse a las mismas deidades y abandonar la documentación, las entrevistas previas, los esquemas.
En la maleza, cuando alguien lee un poema-fruto todo resplandece. Por ejemplo, Juana de Castro.
Sara Mesa habla de Theo Jansen:
Un poeta argentino se enfada muchísimo y dice que si esto es la poesía española, uf.
Prometo que no soy ese escritor argentino.
El mismo dice:
"Los narradores que no leen poesía son analfabetos."
"Espanta pensar que en la memoria los muertos sobreviven apenas una generación o dos."
Oído en una mesa reivindicativa: "¿Es que no hay mujeres que escriban bien? ¿Ni siquiera hoy?" Y nadie supo si la antóloga afirmaba o negaba alguna cosa mediante esas preguntas retóricas desconcertantes y sexistas.
miércoles, octubre 03, 2012
miércoles, septiembre 26, 2012
Sólo Cospedal lo entendió, cráneo privilegiado: era un golpe de Estado, se trataba de que lo fuera. Pero sin orugas ni abalorios militares el efecto queda muy deslucido. Pero qué miedo instantáneo, ¿eh?, os habéis tenido que proteger con todos esos robocops con barriga, e incluso os habéis sentido encerrados durante casi media hora, rotundo éxito. Y ahora, mientras os descalzáis en el recibidor de casa y decís vaya nochecita, hay una parte de vosotros que se pregunta si será verdad eso de no va a pasar nada.
Aviso: cualquier día me enfurruño, me siento un rato y escribo una novela de título grandilocuente sobre toda esta mierda. Ah, cuidado.
Miguel Brieva, thanks.
Aviso: cualquier día me enfurruño, me siento un rato y escribo una novela de título grandilocuente sobre toda esta mierda. Ah, cuidado.
Miguel Brieva, thanks.
lunes, septiembre 17, 2012
Soy implacable, escribo para derrotarlos, ellos huyen de mí, no es la primera vez que pasa, a las 12.10 pm yo hago uhhh y a las 14.30 pm ellos se escabullen con sus nietos y su marqués del bracete por la calle Pez. Qué bárbaro, qué certero.
martes, septiembre 04, 2012
Para escribir una novela hace falta un
motivo. Y no quiero decir causa, razón ni
propósito, sino motivo en el sentido de una labor de
costura. Flores, mariposas, perritos, iniciales para las toallas:
hay miles de webs cargadas de motivos que se ofrecen gratis sin necesidad de incurrir en la
usurpación porque nadie considera que el dibujito con el que se
adorna un paño de cocina pueda tener patente ni derechos
devengados.
Si no es demasiado torpe, el novelista copiará la estructura de cualquier novela del canon o fingirá un ritmo cinematográfico. Si carece de estilo, escribirá frases muy cortas con apenas dos deslices de lirismo al final de cada capítulo, vigilando los excesos léxicos que pudieran desconcertar a un bachiller.
No sucederá, pero si alguien se lo pregunta, el novelista asegurará que la madurez literaria se adquiere cuando la palabra se desprende de cuanto le sobra, que el adorno no hace sino entontecer el argumento y que, en definitiva, el adjetivo mata. Con tanto aplomo defenderá estas cosas que el propio novelista acabará creyendo en ellas, y qué descanso entonces comenzar a escribir sin sentirse juzgado en cada párrafo, sin sentirse simple sino sencillo, directo, norteamericano.
Así, el novelista habrá superado las zanjas de la estructura y el estilo, y se enfrentará a lo que considera las bases verdaderas de su faena: los personajes y el argumento.
Antes de albergar ninguna idea acerca del argumento, el novelista confía en su sagacidad para construir buenos personajes, se siente fuerte en este campo porque es la parte más agradecida de su trabajo, los personajes se crean solos, basta con imaginar edad, situación, sexo, economía, disponer el especimen sobre un tablero y dejar que se mueva sin intervenir demasiado.
El argumento, sin embargo, hace que se retuerza en la cama. Si espera vender mucho, el novelista sabe que la trama es el verdadero factor del éxito, la única posibilidad de que a una productora le interese adquirir los derechos y hacer una película, y entonces fin a la hipoteca, fin a las navidades en casa, fin a escribir novelas; si no sueña con esas cosas y le basta con escribir una novela de autor, no puede olvidar que la diferencia entre un lujo literario y una buena novela sigue siendo, al fin, el argumento.
Por eso dispone sobre su mesa las hojas con esquemas, distribuye distintos golpes de efecto, siente la tentación de introducir crímenes y agentes de policía porque de un modo bastante primitivo el novelista sigue pensando que a los lectores sólo los mantiene despiertos la novela negra.
Zigzagueando entre todos estos inconvenientes, el novelista habrá llegado al final, habrá corregido el texto primero, se lo habrá ofrecido a la persona que duerme a su lado o a un amigo de quien espera la justa ración de hipocresía, y entonces se enfrentará a la terrible, cruel pregunta que no llegó a plantearse durante todos esos meses/años; una pregunta tan ingenua lanzada justo en el instante en el que extiende los folios y los ofrece con cierto desdén, como diciendo no confío mucho en tu criterio pero venga.
-¿Y de qué va esto? -preguntan su pareja, su amigo, su editor.
El novelista comprenderá demasiado tarde, con doscientas cincuenta páginas a sus espaldas, por qué una novela, antes de ninguna otra cosa, necesita un motivo.
Si no es demasiado torpe, el novelista copiará la estructura de cualquier novela del canon o fingirá un ritmo cinematográfico. Si carece de estilo, escribirá frases muy cortas con apenas dos deslices de lirismo al final de cada capítulo, vigilando los excesos léxicos que pudieran desconcertar a un bachiller.
No sucederá, pero si alguien se lo pregunta, el novelista asegurará que la madurez literaria se adquiere cuando la palabra se desprende de cuanto le sobra, que el adorno no hace sino entontecer el argumento y que, en definitiva, el adjetivo mata. Con tanto aplomo defenderá estas cosas que el propio novelista acabará creyendo en ellas, y qué descanso entonces comenzar a escribir sin sentirse juzgado en cada párrafo, sin sentirse simple sino sencillo, directo, norteamericano.
Así, el novelista habrá superado las zanjas de la estructura y el estilo, y se enfrentará a lo que considera las bases verdaderas de su faena: los personajes y el argumento.
Antes de albergar ninguna idea acerca del argumento, el novelista confía en su sagacidad para construir buenos personajes, se siente fuerte en este campo porque es la parte más agradecida de su trabajo, los personajes se crean solos, basta con imaginar edad, situación, sexo, economía, disponer el especimen sobre un tablero y dejar que se mueva sin intervenir demasiado.
El argumento, sin embargo, hace que se retuerza en la cama. Si espera vender mucho, el novelista sabe que la trama es el verdadero factor del éxito, la única posibilidad de que a una productora le interese adquirir los derechos y hacer una película, y entonces fin a la hipoteca, fin a las navidades en casa, fin a escribir novelas; si no sueña con esas cosas y le basta con escribir una novela de autor, no puede olvidar que la diferencia entre un lujo literario y una buena novela sigue siendo, al fin, el argumento.
Por eso dispone sobre su mesa las hojas con esquemas, distribuye distintos golpes de efecto, siente la tentación de introducir crímenes y agentes de policía porque de un modo bastante primitivo el novelista sigue pensando que a los lectores sólo los mantiene despiertos la novela negra.
Zigzagueando entre todos estos inconvenientes, el novelista habrá llegado al final, habrá corregido el texto primero, se lo habrá ofrecido a la persona que duerme a su lado o a un amigo de quien espera la justa ración de hipocresía, y entonces se enfrentará a la terrible, cruel pregunta que no llegó a plantearse durante todos esos meses/años; una pregunta tan ingenua lanzada justo en el instante en el que extiende los folios y los ofrece con cierto desdén, como diciendo no confío mucho en tu criterio pero venga.
-¿Y de qué va esto? -preguntan su pareja, su amigo, su editor.
El novelista comprenderá demasiado tarde, con doscientas cincuenta páginas a sus espaldas, por qué una novela, antes de ninguna otra cosa, necesita un motivo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



