miércoles, enero 17, 2007


Días confusos. La tristeza se encajó en mis zapatos. Esas tuercas de la rutina, las otras verdades (las profundas) que finges no ver en otras ocasiones. La peste de las frases nominales que no dejas de formar, sin objeto. En amplios sentidos.

Al salir del trabajo, arranco y conduzco hacia el arrecife. Veo una derecha pequeña que medioabre a cincuenta metros de la orilla. Una furgoneta sin merca se aburre en el aparcamiento. Dos turistas alemanes comen mejillones en escabeche sobre las mesas invisibles del bar Eduardo, sucio y encadenado hasta la primavera.

Tiro unas fotos y remonto sin convicción. El frío araña, enmohece. Medio metro me peina y rebullo como un gato dentro de la casulla de goma.

Y espero, buda de terracota.

Espero.

En la U, a lo lejos, entra la primera serie. Es fácil seguirla con el dedo y verla rebotar contra la lengua de piedra y luego resbalarse, bordear el arrecife y erguirse de nuevo frente a mí.

Salto, trazo dos que ni me llegan a la rodilla, peleo para que una hermana mayor no me cierre encima, me puede una.

Y pronto me dejo vencer, aburrido y helado, a la hora del almuerzo.

Y recuerdo los primeros días del año, estas turquesas.

Días confusos, la tristeza, la inutilidad. La acumulación inane de pensamientos. La fatiga de masticar palabras tontas, como inane, en tontas frases sin objeto.

martes, enero 09, 2007

Me siguen desde hace tanto
que me acostumbré a su oscuridad en mi espalda.
Se mueven con especial sigilo
a pesar de las camisas empapadas de sudor americano,
las gotas de manteca en los labios,
la sombra azul de sus rostros.

Juegan a asustarme si no les presto atención.
Se bajan los pantalones para amedrentar con sus gusanos
a las señoritas recién llegadas a la ciudad.
Quieren tocarme.
Infectarme.
Porque piensan que soy uno de ellos.
Que tarde o temprano dejaré que mi cuerpo crezca
y que caigan mis babas.
Eso piensan.

Se equivocan.
No saben que soy pequeño e inmenso como el oxígeno.
Que calzo las sandalias del divino Mercurio.
En mí los bosques fríos, los hielos blandos -y lo ignoran-.
En mí los helados deseos de sus esposas.
En mí las velas de una flota naufragada,
las nalgas de una indígena que mastica medicina.

Pero no cejarán.
Esperarán a que me distraiga,
a que piense en las cosas nocivas que abren huecos dentro de mí.
Podrán cebos, trampas, lazos.
Quemarán las esquinas del bosque,
caminarán en círculos, cargarán pesadas hoces
y las harán sonar contra los troncos calcinados.
Mis sandalias aletearán como pájaros capturados, entonces.

Aprieto el acelerador.
El coche trepa entre las montañas.
La carretera se estrecha.
Detrás de mí los veo agitar sus antorchas,
conjurarse, maldecirme, prometerme que llegará el día
en el que amablemente veré crecer barba azul en mis mejillas,
y mis camisas se volverán de plástico
y gotas de manteca formarán collares en mi garganta rebanada.

Sucederá, gritan, sucederá.
No en vano conocen bien su oficio.

lunes, enero 08, 2007

Como una figura articulada
de humano tamaño,
mi sobrino duerme
dentro de su nuevo pijama
de Buzz-light-year.

Parece un combatiente exhausto,
rendido sobre el colchón anatómico
con el que mi hermana previene
nuestras hereditarias malformaciones.
Sólo tiene tres años
y ya ha visitado cien veces
las consultas de pediatras,
traumatólogos, urólogos,
neumonólogos y quiromantes.
En su brazo derecho
hay una ligera erupción cutánea,
producida por la última dosis
de las eficaces vacunas
que lo inmunizan contra mil amenazas.
Su carta astral dice

que morirá longevo,
que tendrá muchas amantes,
que formará una hermosa familia
y que los pequeños dormirán en sus camitas
como combatientes exhaustos.

Dentro de su pijama interestelar,
mi sobrino duerme apaciblemente,
rodeado de signos unívocos que afirman
su confianza en la bondad,
la justicia, el honor
y el amor heterosexual.
Los funcionarios del Estado
lo observan con optimismo.
Las granujas de las vecinas
añoran uno en sus brazos.

Pero cuando abro la puerta
de su dormitorio, tapizado
de ilustraciones infantiles,
y apoyo mi nariz
en los travesaños de madera
que lo protegen de caídas y desvelos,
cuando aparto la sábana
que cubre su almohadillado cuerpecito
y repaso con mis dedos
los dibujos de su nuevo pijama
sigo viendo en él
lo mismo
que contemplo en los que me siguen
cada mañana de camino al trabajo,
los rostros de los que yo persigo
cuando entro en una sala de cine
con la esperaza de sentarme
a ciegas
junto a una mujer hermosa;
lo mismo que veo
cuando contemplo
las mandíbulas batientes
de quienes bailan al amanecer
con cascabeles en los tobillos
y almendras bajo la lengua;
la misma segura y cálida
infelicidad,
el mismo desconcierto perdurable
y seguro,
la fragilidad, en fin,
de quien se sabe
una maldita semilla
involuntariamente arrojada
a un campo de mostaza.

martes, enero 02, 2007

puro mar de fondo

Sin viento y con veinte grados, una larga marejada de puro mar de fondo ha atravesado el golfo de Cádiz estos días.

Uno de enero. Mediodía. La cortina de espuma hacía imposible la remontada. Los pocos que se atrevían a entrar eran escupidos a la orilla de un manotazo. No es fácil ver el Palmar así de grande. En el aparcamiento, una chica vomitaba la cena de fin de año como diciéndome "ni lo intentes".
Y tenía razón. Pobre de mí, a punto de ser engullido por ¿dos? metros de dolorosa nieve. Ay.

Desde el pinar de la Breña, algunos picos recordaban al Cantábrico.
Cuatro rompientes de izquierda a derecha: las Cortinas, Castillejos, La Laja y Caños. Al fondo, el cabo de Trafalgar. Es insólito tanto tamaño y potencia en el sur.
Aun así, por la tarde también hubo tiempo para un poco de surf suave y espiritual.
Grandes augurios si la temporada 07 comienza de este modo. Las previsiones siguen dando mar para los próximos días. Mar y veinte grados. Y la playa sigue a dos canciones de Pink Floyd. Curo mis heridas, seco mi ropa y preparo bocadillos para mañana. Rum-rum, rumbo a otro océano.

domingo, diciembre 31, 2006

dos días de diciembre

El 29 de diciembre una borrasca en el norte nos trajo esto.


Es el rompiente de Tres Piedras. Al fondo, sobre el arrecife, abre una ola profunda y desierta a la que llaman la U.
Cuando llegué, tan temprano, M ya estaba en el agua. Quise parar a hacerle fotos desde el Eduardo. Pero entonces vi esto, partiendo tan noble y firme que guardé la cámara y me lancé. Dos horas de frío y largas derechas para los dos. Los otros pájaros debían de estar aún en la cama, o ateridos en sus furgonetas, calentando café soluble en un infernillo y esperando al sol de invierno.
Mala decisión, porque con la bajada de la marea la ola de Tres Piedras se hace baba y ya no hay modo de cabalgar.

Al día siguiente, sábado, le propuse a M que buscáramos otro pico más alejado, temiendo que llegaran ejércitos de surfistas de la capital, que después de lo del viernes ya estarían avisados.


No eran las diez cuando, al bajar del coche, vi esto. Dentro, claro, sonaba Pink Floyd.

Le dicen Calita. Antes de entrar. Es una ola a la que sólo acuden tabloneros porque los demás prefieren Tres Piedras, más vertical. Los fondos de Calita son un tanto irregulares y suele romper algo fofa, pero larga, abierta, ofreciendo siempre túnel y salida hasta la playa.


¿Ven? Pureza. Mr Inocent me perdonará la resolución. Ya sabe, si me lee, que le debo algo, que ya está entrando en el horno. Paciencia.




Desde aquí no se les ven las caras, pero les aseguro que todos están muertos de la risa.

Terminaba la sesión. El sol del mediodía las vestía de papel de plata, como los arroyitos de los belenes.

Es 31. Me marcho un par de días a otras playas. Les prometo fotos a la vuelta, si la marejada acompaña.


jueves, diciembre 28, 2006

el tiempo en contra

Tenemos el tiempo en contra.
En el dieciséis bastaba con conocer
un puñado de grecolatinos
cuyos tratados y poemas cabían
en un solo estante.
Poseer un manuscrito
con versos en sánscrito
o hablarle de Safo y de Catulo
a una cortesana
parecía una excentricidad.

En el diecisiete era suficiente
con añadir dos o tres anaqueles
al primero, que ya cobijaba nobles polillas,
y dejar bien claro que uno se sabía
de memoria una tirada de Lope
y el argumento de las obras más raras de Corneille.

En el dieciocho tenías que decir
que volvías a leer a Ovidio de cuando en cuando,
sobre todo para descansar
de los compendios de botánica austral
con los que cabeceabas la siesta
antes de redactar una carta
solicitando tu admisión
en el Círculo de Amigos del País.
Desafortunadamente,
tu cámara se iba haciendo cada vez más pequeña
y tuviste que mandar que construyeran
una escalera con ruedas
para acceder a los diccionarios, las gramáticas
y, especialmente, al atlas ilustrado de López Ruano.

En el diecinueve lo primero era hacerle sitio
a la Enciclopedia Británica,
y al lado las monografías,
los estudios filológicos y, maldición,
las antologías poéticas
que algún imbécil ya andaba preparando.
Después fue necesario dedicarse a las novelas,
prolijamente clasificadas por idioma,
autor y fecha de edición,
y cada tanto reunirte
con otros como tú
para que no se te escapara ninguna novedad,
si bien recibías en tu casa
distintos mercurios y gacetillas literarias
que te mantenían sucintamente informado.

Llegó el veinte jodiéndonos
con los primeros manifiestos vanguardistas.
Ya no dabas abasto para formarte juicios
-argumentados juicios, se entiende-
sobre la coherencia intelectual de tal o cual escritor,
de quien se sabía
-el ama de llaves lo había asegurado-
que no cerraba los ojos
sin haber rezado antes un rosario.
Con cierta prudencia debías integrarte
en algún grupo de renovadores integrales,
sin enfadar demasiado a los dueños integristas de las editoriales
y dejando expeditas esas íntegras convicciones
que tan pronto se verían anticuadas.
No bastaba una sola habitación
para darle cabida a tanto polvo
que se acumulaba sobre los lomos
de los libros y de los discos de pizarra
que hacías sonar
para que te inspiraran a escribir
ese poema estilo Kavafis que nunca salía.
En las tabernas bebías duro lo que hubiera
pero la tesis que no acababas
intentaba buscarle una aplicación contemporánea
a las teorías de Castelvietro
sobre el arte de la comedia.
Te indignaba
el convencionalismo moral del teatro,
te seducían las chicas de las salas de fiestas,
recelabas ya un tanto del imperialismo estadounidense
y no dejabas de repetir
que el futuro de la literatura en español
estaba en Hispanoamérica.
No dormías, recibías más revistas
de las que podías desempapelar
y más poemarios lumen de los que podías guillotinar,
te lamentabas de lo pronto que te hacías viejo
y decidías ampliar otra vez el estudio,
aun a riesgo de que la sala de estar
acabara pareciendo un camarote.

En los sesenta la batalla estaba perdida.
Hasta ese momento
te habías resistido al nuevo enemigo
dedicándole un presuntuoso desprecio,
pero la aparición de Cahiers du cinéma
hizo vanas tus renuencias.
Y así, mientras intentabas recopilar discos de jazz,
te esforzaste por aprender a pronunciar
extraños apellidos que, repetidos,
parecían fórmulas mágicas:
Fastbinder, Strongheim, Chabrol,
como si de pronto fuera a materializarse, chof,
un diablillo sobre tu escritorio de madera de haya.
Por fortuna todavía era de mal gusto
decir que el cine norteamericano
era más que una industria.

En los setenta tu biblioteca crecía tanto
como las estanterías que formaban sonrisas
con el peso de los discos de folk.
La aparición de los reproductores de vídeo
en los ochenta hizo que no quedara
un solo hueco libre en las paredes de tu casa,
que, por otra parte, ya no tendrías que pintar cada verano.
En los noventa renunciaste al ordenador personal
pero sólo por un tiempo,
porque después de leer aquel artículo
sobre las bases de datos y los grupos de noticias
entendiste que habría encargar en Crisol
dos o tres manuales de software.
Y luego las colecciones de los periódicos,
los fascículos, los diez mil títulos
que se publican cada año,
la música contemporánea, los festivales de cine,
las exposiciones temporales,
los museos al aire libre, los viajes,
los hoteles con encanto,
el Discovery Channel,
la National Geographic,
el Moma, el Macba, la Tate Modern, el Pompidou,
los congresos, las ediciones anotadas,
las casas colgantes de Cuenca,
la decoración de interiores, la filosofía oriental,
la playa de Bolonia, la adolescencia infinita,
los neocon, el montaje del director, la versión expandida,
las reediciones, el fallo de los jurados, el revisionismo,
la noche temática, el cine animado para adultos.

Tenemos el tiempo en contra.
Ahora que no hay modo de saberlo todo
y que saber un poco de algo de nada sirve,
tal vez sería mejor si desconocieras el origen de cada cosa;
y detenerte, quizá, en asuntos menores y tontos
como, por ejemplo, el niño de cuatro años
que grita en el pasillo para que le dejes entrar.

Pero casi nunca.

viernes, diciembre 22, 2006

en lo más crudo del invierno


Agosto.
Desayuno tardío.
¡Ay-ñoranza!