jueves, diciembre 14, 2006

Los malditos


Tan a menudo se nos ofrece el dilema
que nos habituamos a su pastosa incertidumbre,
y, mansos como pájaros heridos,
nos sentamos en el lugar más cálido de la casa
para dejar que se deshagan sus partículas
como el pequeño panoramix
que a veces ponemos debajo
y a veces encima de la lengua.


Si además ocurre que llueve
y caen como plomo fundido
las gotas sobre un alero de uralita,
entonces, vaya,
entonces ya del todo renuncias,
entonces ya humillas la testuz,
ya entregas las llaves de la ciudadela que no defendiste,
ya abates el postigo del baluarte
donde tiembla lo que queda de tus guardianes flacos,
ya dejas que te coman crudo el hígado
quienes decidieron que en nada
se distinguen tus pensamientos
de los de nadie.
Y mejor extraviarlos, pues,
mejor sonreír con ingenuidad
y olvidar cualquier conjetura de grande tamaño
dedicándote a cosas ciertamente arduas
como, por ejemplo, poner cada camisa en una percha
y abrochar todos los botones.

Lo que duele, lo peor,
lo que sabes que no vas a soportar
es que, aunque tu decisión sea firme,
al darles la espalda te parece
que en las estanterías
La montaña mágica, sobre todo-
te escrutan, murmuran, hacen crujir sus hilos dorados
y se burlan de ti, los malditos.

cristales y mordidas



Las dunas, la luz de verano antiguo, el inacabable cristal... Los que acuden por otros motivos tal vez no lo entiendan. Los que de vez en cuando se acercan a tomarse una taza de té conmigo y hablar de insustancias, poliestileno expandido y marejadas, seguro.
Y a ésos no tendré que decirles cuánto, cuánto me muerde esta delicada geometría.
Fragmento de Endless summer (1966). El surfista es Michael Hynson, si no me equivoco. Bajen el audio, que el acentazo del narrador es espantoso.

Y otra nota: como ven, cambié el paraguas. El otro me dio problemas técnicos. Bienvenidos a Mundoazul, que creo que es adecuado, por otra parte.

martes, diciembre 12, 2006

Son aguas estancadas
las voces de otros,
incluso las de quienes
me ofrecen su afecto impecune.
Entre ellas mis palabras
apenas se calzan sandalias de plata,
sino pesadas botas de cuero
que sacudo, llenas de lodo y nieve,
sobre sus juicios banales.

contemplación


Si, como ellos,
pudiera contenerme
en un sobrecito de plástico
que me permitiera ver
el más allá,
mi sola redención,
quizá-entonces
entonces-quizá
las manos y los pies
en los que mi cuerpo termina
me parecerían menos trozos de otro,
menos implantes de otro,
menos cosas eléctricas
que me impiden robar narices de niño,
echar monedas en la cabina,
parar un taxi.

Y si, como ellos,
a partir de mis rodillas
se juntaran mis piernas
en un solo filamento
que sacudiera
e hiciera tracción
en algún líquido;
si, como les pasa a ellos,
llevara una carga explosiva
prendida de sus no-pupilas,
entonces-quizá
quizá-entonces
quedarían expeditos
los labios y las convicciones
de una mujer amable
y, en general,
del mundo que en las avenidas
son trozos de otro,
implantes de otro, narices robadas.

Ahora contemplo
lo que de mí ha quedado,
cómo me contengo dentro de esta bolsa atrapageneraciones,
cómo se hacen pedazos
los mil-cien-noventa de los míos
que boquean en una pecera llena de gel de avena
pidiéndome (soy su dios)
que haga ras-ras
con las tijera de manicura
y los deje aletear
en la cisterna,
esperando-acechando-ajustando
las presillas de los explosivos
por si a la que duerme conmigo
le vienen ganas de algo y se sienta
y expeditas exhibe sus convicciones
y, sobre todo, sus labios.

domingo, diciembre 10, 2006

Lejos quedaron las playas blancas y los estucos del verdeazul. Sólo ruedan bolsas de plástico si es diciembre, ocho grados y sopla tan fuerte y del norte.

El mar es una enredadera de barro donde anidan ratas de tamaño humano.

Pero hay otros lugares y suficiente gasoil y primaveras y otra vez la primera cosecha del año.

Y también hay (pero no les digan que les dije) playas donde nada se mueve si no es a tu antojo.

bolonia ultrajada


Digo que es una farsa.
Que lo inventaron los directores-productores-decoradores
bajo el auspicio de los poetas a-tanto-el verso y de sus películas.
Digo que fueron bien diligentes en su oficio,
que biengastaron sus suelas deambulando sobre las moquetas de sus estudios
para concebir esa idea mágica que vendría a sajarnos la cáscara de los ojos,
igual que las esporas de las flores de espuma
que vuelan y vuelan y se clavan en tus brazos y parecen suaves
y no sabes que lanzan uñas urticantes contra ti.

Ahora la trama es tan parecida a la realidad
que no es otra cosa distinta.
Incluso los gruesos héroes se sintieron conmovidos.
Incluso nosotros, los hiperbóreos, nos dejamos convencer.
Y aunque estaba previsto
que ofreciéramos una débil resistencia,
ni siquiera lo hicimos,
así de bueyes nos convirtieron.

Qué buen ardite, el suyo.
Qué prodigiosa mentira.

Sólo queda esperar que tú entiendas como yo el engaño.
Y que le hagas entender a tu compañero el engaño.
Y que tu compañero lo entienda
y se lo haga entender a un amigo.
Pero ni siquiera.
Supongo que cada palabra que escribo
y tus dedos en los márgenes de esta página
aparecen de igual modo en sus sagaces cálculos.

domingo, diciembre 03, 2006

despedida


Los asuntos mundanos, cualquier dilema,
su humildad fingida, su grandilocuencia:
mis amigos muelen y muelen sus teorías
y las convierten en finas lonchas de nada
con las que fabrican sábanas, bajoplatos, tortas de maíz.
Ignoran que del mismo modo
muelen y muelen mis ideas
en el vaso de las suyas,
obligándome a levantar murallas en torno a la vieja vanidad,
que me esperaba desde hace tanto
con todos sus garfios bien abiertos.

Suenan sus palabras en una habitación vacía
mientras hundo y hundo y hundo
surcos y fosas
e incluso silos de misiles
alrededor de mí,
de nuevo.