sábado, agosto 01, 2015

Leo en El País: "Indignación en EE.UU. por un vídeo en el que un policía mata un negro", literal.
Estoy ocioso, no hay estudiantes a quienes molestar con lecturas ni comentarios de tx., pero la semántica y la ortografía del titular resultan tan expresivas que no puedo evitar el subrayado. Subrayado semántico, porque la indignación se produciría no por la existencia del vídeo, sino por el asesinato; a no ser que el redactor pretenda decir entre líneas que en la sociedad del espectáculo sólo hiere el clip de vídeo, y no el suceso, y que los motivos indignantes son cientos de miles, y que a pesar del universo de teléfonos móviles ni siquiera hay cámaras suficientes para cebar la injusticia. Subrayado ortográfico y gramatical, porque el CD de persona exige la preposición "a", esto es, "mata a un negro" y no "mata un negro"; a no ser que el redactor quisiera cosificar a la víctima, acudir al expresionismo gramatical para decir que a) aquella muerte no fue para tanto, b) el policía mató (a) un negro porque tan sólo extirpaba una pieza sobrante y desobediente, impersonal; y de ese modo el titular de El País de hace unos días se convierte en un ejemplo de lo que ocurre cuando se es consciente de los usos del idioma, y sobre todo cuando no se es consciente de ello.

viernes, julio 17, 2015

Ahora que Los libros repentinos ya casi son libros extintos, me trago el pudor y abro esta ventana donde me dejaron hablar sobre ellos, largo. La escultura que flotaba sobre mi cabeza parecía una broma freudiana, mis pensamientos como en un cómic con un globo en forma de nube.


martes, julio 14, 2015


Dulces olas de verano. Hace ya casi veinte años (veinte) cruzábamos la frontera y conducíamos durante horas por la carretera interminable de la costa, la carretera de las tiendas de artesanía, las viejas con pañuelo y los motocarros, porque entonces éramos incapaces de ver las higueras, las casas encaladas, las terrazas donde asaban el pescado a la brasa. Al llegar al Cabo cambiábamos nuestras monedas por escudos en un estanco, y llamábamos a la puerta de una señora casi siempre viuda que nos dejaba dormir en el cuarto de sus hijos. Recuerdo una habitación con las fotos de un chico vestido de militar, y recuerdo los juguetes y las sábanas de dibujos infantiles, yo un intruso. A la mañana contábamos el dinero para pagar la gasolina y quizá un desayuno, y desde la primera hora, que nunca era demasiado temprano, ya entrábamos en el agua para enfrentar la endeblez de nuestras tablas contra aquellos monstruos oceánicos. Nos parecían gigantescas las olas del verano de entonces cuando en realidad no serían mayores que las que ahora se deslizan en los mismos rompientes, pero teníamos dieciocho, tal vez veinte años, y con esa edad todas las olas eran fabulosas, todas las chicas eran guapas, todas las historias que contaríamos al regresar serían mentira. Dulces olas de verano, aunque ahora sean de mi tamaño y tenga que madrugar de veras para ir en su busca, antes de que se despierten los niños y comience la guerra doméstica; aunque ya no haya cuartos de intrusos ni escudos ni motocarros, dulces.


jueves, junio 18, 2015

En el periódico: “Compañías financieras y despachos de abogados británicos de élite aplican exámenes de elitismo en sus selecciones de personal, que impiden el acceso de profesionales de clase trabajadora a puestos clave, perpetuando la división social.” El País, lunes.

La cita es el reflejo de las cosas que cuento desde Nada es crucial hasta Los libros repentinos: el inmovilismo, el determinismo social. Teoría de lo evidente, teoría del barrio, los barrios.
En El Establishment, Owen Jones señala con el dedo y anota: cuántos miembros del parlamento estudiaron en colegios privados cuyas facturas corresponden con el patrimonio vital de una familia de clase media; quiero decir con el dinero que podría manejar una familia a lo largo de toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte, ese dinero amontonado sobre la factura de los estudios de su hijo predilecto.

En la radio: escucho una larga conversación pedagógica acerca de lo beneficioso que resulta enviar a tus hijos a un campamento de verano. Los que hablan ni siquiera llegan a pensar que su mundo, ese mundo en el que puedes pagarle a tu hijo un campamento, es una cápsula de protección y confort donde sólo habitan los tuyos, a los que correspondes, los de tu etnia. 

En el examen de selectividad de este año, lunes: todos los estudiantes andaluces de bachillerato, todos, también los que estudian en colegios del Opus y Brains, aquellos que pasarán el verano en casa y aquellos que se irán a Irlanda a un campamento bilingüe, leyeron esto:

EL PRESO: Usted no es proletario.
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño.
EL PRESO: Parece usted un hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos.
MAX: Yo soy un poeta ciego.
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia! En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.

La siguiente réplica ya no aparecía en la fotocopia. Max dice: “Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.”

Me estremezco.
De verdad, tiemblo al ver el examen.
Llevo tres años hablando de esta profecía de Valle-Inclán.
He utilizado esta frase en todas mis lecturas, presentaciones, cosas.
Los libros repentinos le debe más a esta frase que a mi imaginación o a mi ingenio.
Es la frase redonda y perfecta de Valle, la frase revolucionaria de la hoz y la viñeta, de la comedia (el uso del adjetivo “eléctrica” contiene toda una teoría acerca de la comedia y el esperpento) y de lo que no se dice en serio pero quiere que se entienda en serio. La actitud con la escribo mis cosas, y que apenas se me entiende.
Las tijeras del que preparaba el examen se detuvieron justo ahí, dejando la frase fuera del rectángulo.

Mis alumnos estaban entusiasmados, conocían el texto de memoria, lo habíamos deglutido en clase línea por línea. “¿Cómo sabías que iba a caer, predices el futuro?” Sólo un poco, les contesto. Apenas hasta el corte de esas tijeras.

martes, junio 09, 2015

miércoles, junio 03, 2015



  ¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.


Antonio Machado

lunes, junio 01, 2015

En un arrebato de autocompasión que no debo perdonarme, hablé hace un tiempo de la desolación de escribir sin tasa, esperar la llegada del libro, recibirlo, tomarlo y comprobar que no pasa nada. La novela surge y desaparece en un periodo de breve convalecencia. Sostienes la cuerda de un extremo y no sientes ninguna tensión desde el otro, la cuerda cae inerte a tus pies, la novela ha terminado, tanto para esto. Ya sé que es la herida de la vanidad; a ratos, también a mí me ocurre.
Pero de improviso la cuerda comenzó a vibrar durante este fin de semana, se movía como una serpiente, los lectores aparecieron, singulares y entusiastas con sus libros a cuestas, buscando un fetiche o una sonrisa y dos minutos de conversación con un desconocido. Y yo sentí agradecimiento y entusiasmo hacia aquellos lectores que cargaban con una bolsa de libros, la primera edición de Rosas, restos de alas, los cuentos, Lecu, Magui, Marco, Reme y los demás. Porque todo parecía nuevo y distinto, como el verano y la playa sin huella.