jueves, octubre 23, 2008

Leo otra vez El árbol de la ciencia con los bachilleres.

Desde hace cuatro años, los primeros frentes del otoño se amontonan sobre nuestras cabezas mientras yo persigo a Andrés Hurtado por su miserable y asquerosa vida.
Andrés Hurtado en la azotea de Iturrioz.
Iturrioz regando un ficus y glosando, divertido, las palabras de su sobrino.
Andrés observando sin deseo a las jovencitas que juegan en un patio.
Una tapia y unos macizos de flores las separan del jardín de un monasterio donde unos frailes caminan, cultivan y piensan.
Andrés también piensa. Piensa en esos frailes, en la reclusión sin producto. Piensa en esas niñas, asumiendo sus yugos sobre los delgados cuellecitos de las blusas planchadas.
Andrés no lo sabe, pero quisiera ser Tyler Durden en El club de la lucha.


“-¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?- preguntó Andrés.
- El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural, que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un club de Londres, no iría nunca al campo sino a un parque, bebería agua filtrada y respiraría aire esterilizado.”

Desencanto; no, tachad esa palabra. Desencanto significaría que una vez lo hubo.

“… no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla general es absurdo.”

Al salir del trabajo veo las nubes alineadas sobre el mar, como una flota.

1 comentario:

nán dijo...

Solo a nivel local se puede actuar globalmente.