miércoles, julio 18, 2012


La errata es un mal inevitable y pequeñito como una gripe de otoño. No hace mucho daño, no dice nada malo de ti, pero entorpece y afea. La errata es un castigo; por más que leas mil veces el mismo párrafo, si la errata quiere aparecerá. Tú escribes “corrió detrás ellos” leyendo la preposición que falta, corriges las pruebas y tu cabeza completa el hueco, no percibe la ausencia. Llega el corrector y te dice eh, falta la prep. y con un poco de suerte eso pasa antes del texto definitivo, una semana antes de la impresión, has estado a punto.
Pero otras veces el corrector también lee en modo automático deseando terminar con esa novela grandilocuente, entregar de una vez el archivo, cobrar la corrección y olvidarse de ti, y entonces la prep. se queda guardada en la caja de todas las preps., y ya no hay remedio, la errata aparece en la página 72 de tu flamante novela: “corrió detrás ellos”.
No sufras: puede que el lector también lea en modo automático, y si no es así puede que ni siquiera te atribuya la culpa, sino que piense con ingenuidad que es cosa de la imprenta o del ordenador o quién sabe. La errata te exonera del error, porque enseguida se ve que no es cojera sino tropiezo.
El error, sin embargo, te humilla: queda escrito para siempre, es el argumento definitivo que utilizarán todos aquellos que no te quieren bien. El error no es una prep. ausente sino un mal uso continuado de todas las preps., como Baroja.
Baroja desparramaba las preps. sin importarle donde cayera cada una; y no era un uso estilístico: era un mal uso que a Baroja le importaba un cuerno porque tenía cosas ligeramente más importantes en las que pensar, como por ejemplo la lucha de clases.
El error es decir “una moto de 49 cc.” cuando son de 45, o decir “las praderas de Posidonia del Cabo de San Vicente” cuando el libro de ciencias de 3º dice que sólo crecen en el Mediterráneo.
Sufro por esos errores, no importa que las nuevas ediciones los corrijan porque siempre estarán ahí, en la princeps, cuando los siglos pasen y tú evidentemente yagas en un epígrafe de los libros
de texto, que dirán “grandísimo escritor con poquísimos lectores”. Eso dirán, seguro.
Errata no sé si intencionada y entonces tan poética en La mano invisible, de Isaac Rosa: “todos comnten errores con más frecuencia.”
Error continuado, el manual dice que el verbo advertir rige preposición cuando significa alertar, me escandalizo con los usos queístas de El Lector de Julio Verne, de Almudena Grandes.
Y rápidamente organizo mi discurso destructor: qué vergüenza, qué infamia, qué error de bachiller que no supo ver la autora (¡dos veces en cuarenta páginas!) ni los amigos de la autora cuando leyeron el original ni el editor ni los correctores ni nadie, nadie, ni siquiera el Poeta. El primer lector es siempre la persona que duerme contigo.
Pienso en otros queísmos célebres, pienso en “antes que (sic) te derribe, olmo, / el hacha del leñador”, pienso en Reinaldo Arenas. Qué desconsuelo.
Pero entonces.
¡Entonces soy yo, es mi culpa, son mis ojos! Qué soberbia, ¿cómo pudiste pensar que una escritora de cientos de miles de ejemplares cometiera un error así? Ella verificó el uso, entró en el debate, escribió todas esas páginas para que sirvieran de modelo concluyente: no es un queísmo, es tu propia estupidez, lector de El lector de Julio Verne.
Me siento tan abatido. Con las reglas gramaticales arbitrarias pasa lo mismo que con las provisiones de los bancos: que no sirven de nada y generan desconfianza aunque pretendan lo contrario.

4 comentarios:

Begoña dijo...

Me acabas de dar un disgusto, siempre creí que los editores de libros tenían correctores a los que cualquier fallo de escritor no conseguiría burlar.

Da igual las veces que corrija mis novelas, siempre les encuentro un fallo en que no había reparado. Es angustia, es desespero, es tedio...es eternamente volver a empezar...

Isabel a veces Letra dijo...

La de 'horrores' que no errores, de esos que se repiten con audaz atrevimiento, me han sobresaltado leyendo a escritores de gran fama y prestigio. Horrores que me han llevado a buscar (cual posesa) un lápiz para tachar la palabra indigna y evitar así heridas posteriores.
Espero que lo de la errata no fuera por el comentario en el post anterior (que como bien dices releí varias veces antes de mandar) en el que se me coló el pronombre personal (sigo fielmente tus letras debía figurar) de manera totalmente autónoma y traviesa.
Saludos choqueros.

Anónimo dijo...

Nada es crucial pág 62 dice:"Isaias subió a los cielos en un carro de fuego".No fue Isaias, fue Elias, como Helios en la mitología griega.

Pablo dijo...

Pues eso, que soy un imbécil. Y leo y reviso lo mismo mil veces y procuro no confiar en mi memoria y comprobar cada cosa, pero no hay forma. Ahora la pesadilla no es Elías/Isaías Thomas, sino confundir los fondos de deuda garantizados con las obligaciones de deuda. Ay, eso me pasa por no escribir autoficción, donde es imposible confundirse porque quién sabe qué de cada uno.