sábado, abril 19, 2008

Y fue que vinieron todos. Todos. Compañeros viejos, amigos que no veía desde hacía años (qué guapa estaba María, Martín), mis hermanos con sus renacuajos tan bullangueros (pero estuvieron formalitos, qué raro, cuando lo normal es que les pisen los pies a todas las señoras mayores), mis alumnos, mis alumnos de bachillerato y también los pequeños con sus padres, y más amigos, y otros, y amigos de esos otros, y algunos que entraron porque sonaban tanguillos, y un guardia urbano que pasaba por allí y escuchó versos y mucho ruido. Ni cabíamos.
Alguien dijo algo de la República, luego, y viva la literatura libre y abierta, abierta y libre. Cómo nos reímos, cómo bebimos y nos abrazamos. Yo supongo que repetí muchas tonterías, claro, pero ellos, tan amables, hicieron como que no me oían y sonreían sin más y tenían en las manos algunos rosas y otros restos de alas.
A su auténtico dueño las palabras quedan devueltas, les dije.
Me entendieron creo.
Me entendieron.

4 comentarios:

Lara dijo...

No creo que puedas imaginarte o quizá sí puedas imaginarte si haces un esfuerzo cuánto cuánto cuánto me alegro, cuánto cuánto me hubiera gustado veros aunque fuera por un agujerito, cuántísimo que se me empañan hasta los ojos.

Felicidades una vez más, P.

(Y siempre.)

Pablo dijo...

-cuántísimo estásimo óptimo-

c dijo...

Qué bonita, rosada y alada noche! Entre los puentes cargados de banderitas republicanas, los Gronnows, los cantaores, las cámaras de viejos y recientes amigos, los compañeros, las lágrimas de la familia, las firmas, los aplausos, tu mujer (yo), los abrazos de holacuántotiempo y los besos de teviestamañanaperomeapeteceotro, las risas, la búsqueda de la página mencionada, la gente, la novela... Entre todo eso, tú, feliz.

Y yo.

C

Pablo dijo...

si no hubieras estado no podría contártelo, no me creerías.